El fruto del amor

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser”. 1 Corintios 13:4-8

El amor es paciente. Muchos decimos que amamos, pero no estamos dispuestos a ser pacientes, tolerantes y compasivos con las personas que afirmamos amar. La paciencia es una de las primeras evidencias del amor verdadero; es la capacidad de esperar, de soportar procesos, de extender gracia cuando alguien falla. Amar no es solo sentir cariño cuando todo está bien, sino permanecer cuando las cosas se complican.

En la Biblia encontramos una historia que refleja profundamente el fruto del amor: la parábola del hijo pródigo. (Lucas 15:11-32). Había un padre con dos hijos. Un día, el hijo menor pidió su herencia y se fue a una tierra lejana, donde malgastó todo lo que había recibido. El otro hijo permaneció fiel al lado de su padre. En esta historia todos podemos identificarnos y preguntarnos qué clase de hijos queremos ser. Con el tiempo llegó una gran hambre a aquella tierra, y el hijo menor, que lo había tenido todo, se vio sin nada. Aquellos amigos que decían amarlo lo abandonaron; las personas que parecían estar, ya no estaban. Terminó cuidando cerdos y ni siquiera se le permitía comer de lo que ellos comían. No fue hasta que lo perdió todo que comprendió el valor de lo que tenía en la casa de su padre.

Cuando el hijo pródigo decidió regresar, su mayor sorpresa fue descubrir que su padre lo estaba esperando. Nunca imaginó volver a ser aceptado como hijo; pensaba que sería solo un siervo más en la casa. Pero el padre no solo lo recibió, sino que le devolvió la identidad que había perdido. Cuando no conocemos nuestra identidad, no valoramos lo que tenemos y nos aferramos a aquello que creemos que nos dará validez. No esperemos perderlo todo para entender que en la casa del Padre estamos seguros y somos amados. No importa cuán lejos te sientas o cuán profundo hayas caído, puedes volver a casa.

En esta historia podemos ver claramente el fruto del amor manifestado en la paciencia del padre que espera, en la bondad con la que recibe y en la gracia con la que restaura. El padre no reaccionó con enojo ni con reproche, sino con compasión; no le cerró la puerta, sino que salió a su encuentro. Ese es el amor del que habla 1 Corintios 13: paciente, sin envidia, que no guarda rencor y que nunca deja de ser. También vemos el contraste en el hermano mayor, recordándonos que el amor verdadero no se alegra del error ajeno ni compite por el favor, sino que celebra la restauración.

La conclusión es clara el fruto del amor se evidencia en cómo respondemos cuando otros fallan. Amar como el Padre implica esperar, perdonar, restaurar y celebrar el regreso. Así es el amor de Dios con nosotros, y así está llamado a ser nuestro amor hacia los demás.

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