De la abundancia a la escasez

El engaño que distorsionó nuestra identidad

Uno de los engaños más sutiles del enemigo no es hacernos creer que no tenemos nada, sino convencernos de que lo que Dios nos dio no es suficiente. Así comenzó la caída en el huerto del Edén: no ocurrió porque algo faltara, sino porque una mentira hizo olvidar todo lo que ya había. Y esta misma estrategia sigue operando hoy.

Por mucho tiempo he estado lidiando con mi identidad. Han sido años de cuestionamientos, preguntas y falta de aceptación. Sin embargo, hay una palabra que el Señor habló a mi corazón y hoy quiero compartirte:

“Pues en Cristo habita toda la plenitud de Dios en un cuerpo humano. De modo que ustedes también están completos mediante la unión con Cristo, quien es la cabeza de todo gobernante y toda autoridad.” (Colosenses 2:9–10)

Esta verdad cambia todo: en Cristo estamos completos. No nos falta nada.

Desde el principio, el enemigo ha querido distorsionar la identidad del ser humano, ofreciéndole algo que no es y haciéndole creer que le falta algo. Por eso hoy te digo: no cambies lo que eres por una mentira del enemigo, por momento de gratificación temporal, ni por caerle bien a todo el mundo.

Un día escuché a alguien decir: “Eres exactamente como Dios te pensó.” Eres perfecta, eres hermoso a los ojos de Dios. No eres lo que dice la gente de ti, eres lo que Dios dice que eres.

He aprendido que cuando no sabes quién eres, tampoco sabes lo que tienes en tus manos. Pero cuando conocemos a Dios, comenzamos a descubrir quiénes somos en Él.

En esta temporada de tu vida, enfócate en conocer quién es Dios y en afirmar tu identidad en Él en su Palabra, porque solo desde ahí podrás caminar en plenitud.

Satanás solo te muestra lo que quiere que veas, pero nunca te dice la verdad completa. Te acusa con palabras de desaprobación, te siembra inseguridades y dudas. Nunca te muestra lo que ya tienes en tus manos; solo señala aquello que él quiere que creas que te falta. Eso fue exactamente lo que hizo con Eva.

Adán y Eva vivían en un estado de plenitud total. Conocían el amor, la bondad, la provisión y la comunión con Dios. No vivían en escasez, vivían en abundancia. Entonces, ¿para qué conocer el mal? ¿Para qué experimentar el dolor y el sufrimiento? Eso fue lo que Satanás nunca les dijo.

El enemigo no habla para edificar, sino para provocar una reacción de rebelión contra Dios. Nunca escuches voces que contradicen la verdad de Dios.

“¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”
(Génesis 3:1)

No es lo mismo decir:

“Dios te priva de la libertad, no te deja comer de ningún árbol”,
que decir: “Estás rodeado de abundancia, eres libre de disfrutar todo lo que Dios te dio, solo hay un árbol del cual no te es permitido comer: el árbol del conocimiento del bien y del mal”.

La serpiente le dijo a la mujer: “Si comes de esto, tendrás total libertad y serás como Dios”, sin que ella se diera cuenta de que ya lo tenía todo. Aquello que Dios había prohibido —comer del árbol del conocimiento del bien y del mal— no era una restricción injusta, sino una prueba y un límite de amor.

Los límites no existen para quitarnos algo, sino para protegernos. Eva pasó de la abundancia a la escasez, de la riqueza a la crisis, de la plenitud a la ruptura, no porque Dios le negara algo, sino porque creyó que estaba perdiendo lo que nunca había perdido.

El enemigo le presentó a Eva el escenario que él quería que viera. Distorsionó la verdad, sembrando la idea de que Dios le ocultaba algo bueno. Pero la realidad era otra: Satanás quería corromper la semilla de verdad y pureza en el corazón del hombre, para introducir el pecado y la separación de Dios.

La vida de Eva no volvió a ser la misma. Al salir del huerto, conoció lo frío y vacío que es el mundo sin Dios. Pasó del amor a la culpa, de la comunión a la distancia, de la gracia al esfuerzo humano.

El enemigo sigue usando la misma mentira hoy: hacerte creer que Dios te limita, cuando en realidad te protege; hacerte pensar que pierdes algo al obedecer, cuando en realidad lo pierdes todo al desobedecer.

Eva creyó que perdía plenitud, cuando en realidad ya la tenía. Y hoy, en Cristo, esa plenitud nos ha sido restaurada.

No estás incompleto. No te falta nada. En Cristo estás completo.

Hoy quiero dejarte esta pregunta:

Si toda tu vida dependiera de una sola decisión, ¿qué elegirías?
¿Cambiarías un reino de abundancia por la fascinación de “conocer” más?
¿Cambiarías la gracia por el orgullo de querer controlarlo todo?

Recuerda esto:
Dios no te quita nada. Él te guarda. Y tu identidad no está en lo que te falta, sino en Aquel que ya te dio todo.

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