“Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las primeras obras.” (Apocalipsis 2:4-5).
La palabra avivar significa encender nuevamente, estimular, hacer que una llama vuelva a arder. Quizás hoy te encuentras en un momento donde ya no sientes la misma pasión por Dios. Vienes a la iglesia, pero ya no experimentas el mismo gozo. Lees la Biblia por costumbre. Oras, pero sientes que tus palabras no pasan del techo. Tal vez te sientes vacío o distante. Si ese es tu caso, quiero decirte que Dios no se ha alejado de ti; Él sigue esperando con los brazos abiertos que vuelvas a buscarlo.
Volver a las primeras obras
Una de las maneras de avivar el amor es volver a hacer aquello que hacíamos al principio. Eso mismo fue lo que Jesús le dijo a la iglesia de Éfeso: “Haz las primeras obras.” No les dijo que sintieran primero, sino que actuaran. Muchas veces esperamos volver a sentir para buscar a Dios, cuando en realidad es buscándolo como el amor vuelve a encenderse.
Recuerdo que cuando conocí al Espíritu Santo no lo buscaba para que me usara o para recibir algo de Él. Lo buscaba simplemente porque quería conocerlo. Quería saber cuál era su voluntad, cómo pensaba, qué había en su corazón. Esa búsqueda sincera fue la que alimentó mi pasión por su presencia. Y cuando siento que mi corazón comienza a enfriarse, regreso a ese mismo lugar: vuelvo a buscarlo por quien es, no por lo que puede darme.
Volviendo a la Palabra
2 Timoteo 3:14-17 “Permanece firme en lo que has aprendido… Toda la Escritura es inspirada por Dios…” No podemos mantener viva una relación con Dios si dejamos de escuchar su voz. La Palabra nos enseña: nos corrige, nos confronta, nos prepara, nos transforma. Muchos quieren experimentar un avivamiento sin volver primero a las Escrituras. Pero cada gran despertar espiritual comenzó cuando el pueblo volvió a la Palabra de Dios.
El amor necesita cultivarse
El amor es como un músculo: necesita ejercitarse. Si no lo usamos, se debilita. Si dejamos de conectarnos con la fuente, el amor deja de fluir. No basta con hacer un ayuno de tres días o dedicar una jornada completa al estudio de la Palabra si después pasamos el resto de la semana lejos de Dios. La intimidad no se construye con momentos aislados, sino con una relación diaria. Cada día sembramos el amor que queremos cosechar.
Y siendo sincera, son muy pocos los días en los que me despierto sintiendo un deseo inmenso de buscar a Dios. Muchas veces debo decidir hacerlo aunque mis emociones digan otra cosa. Debo llevar mis pensamientos cautivos a Cristo y morir a mi propia comodidad. Porque el amor no siempre comienza con un sentimiento; muchas veces comienza con una decisión.
Buscar a Dios como una necesidad
Como dice el salmista: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.” (Salmo 42:1). Buscar a Dios debe convertirse en una necesidad, no en una opción cuando tenemos tiempo o cuando nos sentimos inspirados.
Algo que también ha fortalecido mi corazón es recordar los momentos que he vivido con Dios. En oración suelo decirle al Espíritu Santo: “¿Recuerdas cómo corría a buscarte? ¿Recuerdas cuánto disfrutaba tu presencia?”. Mientras hablo con Él, mi memoria vuelve a esos momentos y mi corazón recuerda el amor que sentía, la sencillez con la que lo buscaba y cómo había dejado a un lado tantas distracciones solo para estar con Él.
Recordar no es vivir del pasado; es permitir que Dios nos recuerde de dónde nos rescató y cómo comenzó nuestra historia con Él. Aprendí también que el amor es una decisión. Todos los días decido poner a Dios en el primer lugar, involucrarlo en mis planes, consultar mis decisiones y depender de Él.
Recordar aviva el amor
Recuerdo una temporada en la que me sentía completamente perdida. Mi mente solo estaba ocupada en aprobar exámenes, terminar mi tesis y cumplir con todas mis responsabilidades. Vivía bajo mucho estrés. Poco a poco me fui aislando de las personas y, sin darme cuenta, también me alejé de Dios. Quería hacerlo todo con mis propias fuerzas. Me levantaba muy temprano y me acostaba muy tarde. Siempre encontraba una razón para decir: “Hoy no tengo tiempo para orar”.
El amor es una decisión
Un día, antes de hacer una exposición importante, les compartí mi preocupación a unas hermanas de la iglesia. Les dije que no sabía si podría hacerlo bien. Ellas me respondieron con mucha tranquilidad: “Dios te va a guiar, así como te guía cuando predicas”. Mi respuesta fue inmediata: “No es lo mismo”.
Pero una de ellas me hizo una pregunta que nunca olvidé: “¿Y por qué habría de ser diferente? ¿Acaso Dios solo está interesado en ayudarte cuando sirves en la iglesia? Él también puede darte las palabras para una exposición”.
Aquello confrontó mi corazón. Me di cuenta de que conocía muchas promesas de Dios, pero no las estaba viviendo. Uno de mis versículos favoritos dice que cuando ponemos nuestros planes en las manos del Señor, Él afirma nuestros pasos. Lo había leído muchas veces, pero en esa temporada estaba confiando más en mi esfuerzo que en la fidelidad de Dios.
Rendir el control
Entonces decidí rendirme. Comencé a darle nuevamente espacio en mi rutina, a hablar con Él en medio de mis estudios, a pedirle dirección en cada detalle y a descansar en su cuidado.
Sí, terminé cansada por todo el proceso, pero recuperé algo mucho más valioso: la certeza de que Dios está interesado en cada área de nuestra vida. No solo en nuestra vida espiritual, sino también en nuestros estudios, nuestro trabajo, nuestras decisiones y nuestras cargas.
Avivar el corazón no significa hacer cosas extraordinarias. Muchas veces comienza con algo tan sencillo como volver a buscar a Dios cada día, ponerlo nuevamente en el centro y decidir amarlo con nuestras acciones.
Porque el amor verdadero siempre se demuestra en obras. Y cuando esas obras nacen de una relación con Él, la llama nunca deja de arder.


